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Orgullo... con condiciones

«Incluso dentro del propio colectivo tienes que cumplir con unos estándares. Por desgracia, hay mucha competitividad entre nosotras», señala Paula. Las etiquetas y estereotipos que históricamente han recaído sobre la comunidad no solo vienen del exterior: con el tiempo han terminado calando profundamente en sus colectivos

Esa tensión, que debería quedar fuera de los entornos seguros, se manifiesta a menudo en forma de comparación constante. «Piensas qué estará pensando el otro de ti. En el colectivo gay, muchas veces todo se reduce a lo sexual», explica Juan. En su experiencia, establecer relaciones de amistad con otros hombres gais no siempre resulta sencillo: «Noto como los chicos compiten para ver quién se lía con más gente. Su éxito a la hora de ligar es su forma de validarse». 

En el caso de las mujeres trans, Paula describe una dinámica similar: «Muchas personas del colectivo discriminan a otras porque no siguen ciertos estándares de belleza o de vida». Esa presión se traduce en expectativas sobre cómo debería construirse la identidad: «Yo elijo si quiero hormonarme o no, si quiero ser más o menos femenina. Independientemente de mis decisiones, siempre voy a ser una mujer tan válida como cualquier otra». 

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Frente a estas dinámicas, ambas voces coinciden en la necesidad de romper con la lógica de la comparación. «Esto no es una competición. Cada persona es como es, y no debería necesitar destacar sobre otras para sentirse válida», concluyen. 

En espacios que nacen para acoger la diversidad, la presión por encajar sigue presente. Recordar que no hay una única forma de ser es, quizá, el primer paso para que el orgullo sea realmente libre. 

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